Aprendiendo a…

Una tarde de Noviembre, Sabado 6 de Noviembre para ser exacto, ella me invitó a comer una cemita al mercado del Carmen, lugar donde venden las originales cemitas Poblanas, obviamente dije sí.

Pedimos dos de milaneza y un litro de agua de horchata; comí como un descosido, me terminé la mía y parte de la otra… pero bueno, tanta energía tiene que salir de algun lado.

Caminamos por el centro y platicamos sustanciosamente, como generalmente lo hacemos cuando estamos juntos, nos encontramos con Ernesto Salas [mi alumno de 3er año], los presenté y después seguimos caminando; pasamos por una tienda de peluches, a ella le gustó un camello y a mi la figura de Homero, continuando, llegamos al Zocalo y lo atravezamos para ir por la 5 de mayo.

En la intersección de la 2 poniente una jovencita hacía pompas de jabón que tenían colores cambiantes sobre la superficie delicada y ligera, intentamos fotografiarlas mientras el viento las hacía flotar y avanzar pero no fuimos capaces de capturar electrónicamente lo que nuestros ojos humanos percibían; seguimos de frente, después entramos a la capilla del Rosario; al salir, ambos coincidimos en que la fe de los hombres los orilla a realizar obras magnificas que se convierten en arte.

Le conté un dicho popular acerca de la altura de catedral de Puebla y la del Distrito y ella me respondió Siempre me cuentas esa historia no sin antes haberla escuchado como si fuera la primera vez que se la decía.

En la 10 poniente está la plaza de la computación, entramos en busca de un lector para la memory stick que nuevamente: no compramos por su precio tan elevado. Seguimos por la 5 de mayo hasta la 18 poniente, nos deteniamos en algunos puestos de vendedores ambulantes y entrabamos a varios locales buscando algo sin saber qué.

Gentilmente llegamos hasta la 18 poniente esquina con 3 Norte, entramos a un localito que olía a plástico, ahí dentro vendían cosas para mujeres, ella compró unas ligas para el cabello. Descubrí en menos de dos minutos que las mujeres pueden comprar miles de accesorios y chucherías para el cabello, para ponerse encima, para colgar, pegar o para pintarse; en cambio los hombres… con un cepillo dental, peine, rastrillo, desodorante y loción es suficiente.

Mujeres… son tan curiosas.

Regresamos por no se que calle del centro, la verdad podrían abducirme y no sabría decir sobre que calle fue, iba mas atento a la plática que a otra cosa, fue por esa calle sin nombre ni número donde vimos una sucursal del CTE y junto a ella, una librería Porrua.

Por supuesto que entramos!

A las 6:57 pm, un ejemplar de El código Da Vinci dejó de ser un libro de aparador, silencioso y espectante frente a las miradas indistintas al otro lado del cristal.

Iba de regreso a su casa y yo le acompañaba; ella en voz alta leyo las 3 primeras páginas de un libro que promete en cada párrafo, una lectura interesante y agradable. En voz alta pero no tan alta, lo suficientemente alta para que sólo escucharamos nosotros dos…

No hay duda, es realmente especial e interesante… sí, el libro también lo es.

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