Frio

Pensando en lo relativo del calor y el frio, mientras me duchaba, me di cuenta de una cosa y al mismo tiempo recordé que cuando era niño me gustaba bañarme con agua tibia, casi fría y si era posible: con agua totalmente fría y lo disfrutaba.

De adolescente, me gustaba meter los zapatos en los charcos de agua después de la lluvia, o caminar bajo ella al salir de la secundaria; ahora, me cubro bajo el dosel de una casa o bajo un paraguas ante la menor llovizna, brinco los charcos y me quedo en casa cuando llueve torrencialmente.

Ahora de grande, siempre enciendo el calentador de agua y giro el termostato de tibio a caliente; y cuando me doy el baño matutino me causa más placer el agua caliente que la tibia.

Quizás el frio de los huesos traspasa los músculos y llega hasta la piel cubriéndolo todo con aquella necesidad de calor.

El problema no es que haga cosas que antes no hacía, sino que ahora me doy cuenta de ello, como el preocuparme por los 12 cabellos que perdí mientras me bañaba.

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