Y tanto que lo escondías

Rumpelstiltskin es el personaje principal de un cuento, en él, se dice que un molinero pretendía hacerse importante le mintió al rey al decirle que su hija podría convertir la paja en oro con el uso de una rueca. Entonces el rey quiso probar las mentiras del molinero y llamó a la muchacha, la encerró en una torre con una rueca, y le pidió que convirtiera un montón de paja en oro para la mañana siguiente o moriría. Ella se dio por vencida cuando de pronto un duende apareció en el cuarto y le ofreció convertir la paja en oro para ella a cambio de su collar.

Ella accedió a la petición sin pensarlo dos veces y al día siguiente el rey se sorprendió, del mismo modo también aumentó su codicia, por lo que volvió a encerrar a la muchacha en la torre con las mismas condiciones de antes, solo que ahora le dieron una cantidad mayor de paja. En esta ocasión se volvió a presentar el duende y esta vez le pidió a cambio su anillo. La muchacha aceptó.

A la mañana siguiente el rey estuvo más complacido que antes, y por tercera ocasión encerró a la muchacha en la torre, aunque ahora le prometía desposarla si lograba la empresa o su padre sufriría la muerte si no lo lograba. En esta ocasión el codicioso rey le dio una cantidad aun mayor de paja, y por si fuera poco, el duende no se presentaba. Casi al finalizar la noche, la muchacha perdió toda esperanza y finalmente el duende se presentó, en esta ocasión ella ya no tenía nada que ofrecerle, entonces la extraña criatura le ofreció convertir la paja en oro solo con la promesa de que ella le entregaría a él su primer hijo, y nuevamente la joven aceptó.

El rey estuvo tan impresionado que se casó con la hermosa hija del molinero, pero cuando nació el primogénito, el duende regresó a reclamar su pago. Le dijo a la joven reina, “Ahora me entregaras lo prometido”, este personaje no era un trol ya que dijo “Algo que tiene vida es más valioso para mí que todos los tesoros del mundo” y lo movía la compasión. La muchacha le rogó al duende que le permitiera conservar a su hijo, y él accedió con la condición de que ella adivinase su nombre y le dio tres noches para averiguarlo. En un principio ella falló, la primera noche no logró descubrir su nombre. La segunda noche no atinó en ninguna ocasión a pesar de recitar una gran lista de nombres. Pero antes de la noche final, uno de sus mensajeros oyó por casualidad al duende brincar sobre el fuego y cantando decía lo siguiente:

“El día de hoy horneo, mañana fermento yo,
al día siguiente yo tendré el niño de la joven reina.
¡Ha! estoy contento de que nadie sabe,
que Rumpelstiltskin es mi nombre.”

Por lo tanto, el duende perdió su apuesta, plantó profundamente su pie en el suelo y desapareció furiosamente.

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